Una mañana del viernes ella noto desde la ventana donde entraba solo claridad, la humedad de ese día. El hombre le puso la mano en la cintura y la mujer no se movió, como si el peso de esa mano fuera parte de su cuerpo. Desde la distancia se percibía la actitud de entrega, la intimidad de los dos, esa corriente que los unía con un formidable secreto. Le parecía que había vivido ese momento muchas veces; se dijo que no había nada que temer.
Durante toda la noche anterior lo había visto con las rodillas pesadas y un ardor insoportable en el pecho, buscando en él, el porqué de su separación, pero de cerca solo encontraba virtudes y sutilezas. En el momento en que ella alcanzo a percibir su perfume y su perfil, se rodeó de recuerdos y fuego en el estómago así como las palabras que nacían desde su interior. Ella busco para expresarle lo que sentía y crecían, subían, resonaban en su cabeza y se asomaban en aquellos labios partidos pero no lograba expulsarlas, era como si se quedasen pegadas en su paladar.
La conversación fluyo como en aquellos ríos que cargaban canastos de café, enamorados del paisaje llegando a su caudal. La noche transcurrió sin sorpresas llevando a estos a divertirse más, alterando sus rutinas. Hablaron del pasado, de sus encuentros y aventuras de niños, pero nunca se refirieron al futuro. Dolidamente y sin alterar la conversación ella pensaba que sería si ella lo tomaba de la mano para nunca soltarlo. De pronto sus ojos se convertían en cristales mojados por el invierno y se reencontraba con la realidad, iluminada por sus historias.
Se sintió como unos momentos antes de que aquel tren de la muerte le arrebatara el espíritu y la lanzara a un baúl oscuro donde no había cabida. Su piel se erizo desde los talones hasta la nunca, se sacudió y no pensó en eso más.
Reincorporada a la noche, siguió sintiendo que el corazón se le partía como un melón al darse cuenta que su felicidad duraría no más de la siguiente mañana, sofocada de la vergüenza.
Para ella el dolor de ese amor rechazado había quedado en algún lugar sellado por la memoria. Y no guardaría ningún rencor sobre aquel jueves remoto, si no más felicidad que le partía el corazón y sacudía todos sus órganos cada vez que lo recordaba.
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